El comercio justo nació en 1959 en Holanda, y en México en 1999. El Comercio Justo debe su existencia en buena medida a las deficiencias del sistema globalizado de libre comercio que impiden la participación plena y digna de múltiples grupos sociales, entre ellos, de pequeños productores y consumidores.
Como consecuencia, hay una distribución inequitativa de la riqueza y de los recursos nacionales, altos índices de pobreza, marginación, carencia de servicios públicos y falta de consideración en general de una parte importante de la población mexicana, en particular de la población indígena.
El libre comercio y el libre mercado no son libres, ya que la participación activa está cada vez más restringida a las empresas económicas más fuertes, ya sean nacionales o trasnacionales.
En la convencional cadena productiva - industrial - comercial, la entidad que más beneficios obtiene y que menos riesgos corre es el intermediario comercial. Las fluctuaciones de los precios del mercado, resultado del libre comercio global y de la especulación, afectan principalmente a los pequeños productores y a los consumidores.
Las caídas extremas en los precios, muchas veces por debajo de los costos de producción, violentan el entorno económico, social, ecológico y cultural del pequeño productor, sin ofrecerle salidas dignas.
Los productos que recibe el consumidor, normalmente carecen de información en cuánto a la procedencia, contenido y calidad, además de que los precios llegan a ser más altos, como consecuencia de un exceso en el intermediario. El consumidor termina comprando al precio más bajo, aun al costo más alto, como las prácticas de explotación, injusticia comercial, daño y deterioro del medio ambiente, uso de químicos, transgénicos y otros, con las graves consecuencias a que esto conlleva y deriva.
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